Parto en casa el nacimiento de Mauro

Este nuevo viaje empezó nueve meses antes. Juan y yo disfrutábamos intensamente con la crianza de Rosa y decidimos volver a experimentar ese desorden embriagador que conlleva el ser padres. Y pasaron 10 lunas llenas. Y mi bebé decidió que era el momento. Era el quien indicaba su día y su hora. No un gotero, ni un gel, ni una rotura de bolsa. Con cada contracción llegaba un nuevo mensaje suyo.

El mío era siempre el mismo. Aquí me tienes, mi vida, con ganas de abrazarte entre mi pecho y brindarte todo mi amor. No tengas miedo, el camino es estrecho, con recovecos, angosto. Pero al final de este viaje está la luz. Con mi comadrona, llego la seguridad y confirmación de lo que estaba aconteciendo. Recuerdo que cuando finalizaba cada una de las contracciones la oía soplar. Esto me ayudaba a recobrar el equilibrio liberando energía soplando al igual que ella. Decidí cambiar de posición, por ver si ayudaba a mi bebé. Pero maldita la hora. Empezó la tormenta en la que yo no era el patrón del barco, sino mi cuerpo. Dejaba caer todo mi peso sobre la pelota y tan solo me concentraba en abrir bien mi boca y mi vulva, para dejar salir a mi bebé.

Sabía que era, no importante, sino imprescindible tener a mi compañero cerca, muy cerca. Y allí estuvo, como jamás nunca lo había estado. Jamás hubiera dicho que un paño húmedo me ayudaría tanto como lo hizo.

Mi comadrona, me acariciaba la frente, el pelo y los hombros, como si una pluma de ángel de la guarda se tratara. Jamás llegué a pensar que era posible una caricia en medio de una contracción. Pero el amor que entregaba ella lo conseguía. Mi comadrona y Juan, oían a nuestro hijo a través de la trompetilla. Cada vez más abajo. Más cerca de un final y un principio. Llegó el momento del cambió final. Hacía girar mis caderas al ritmo de la vida. Eso sí, sujetada por ellos dos. De allí pasé a la silla. Rosa, mi hermana estuvo al otro lado de la cámara. Siempre pendiente, y me colocó el espejo, pero en ese momento no deseaba verlo, ni tocarlo, solo sentirlo, vivirlo, amarlo. ¿Cómo es posible que continúe hoy Juan con su cabeza intacta, después de apretar hasta casi arrancarle con mi brazo izquierdo en medio de aquella contracción? Mi garganta estaba sedienta. Un poco de agua me recobró el aliento. Por un instante pensé que no podía hacerlo.
Mi comadrona me miró a los ojos y me habló firmemente. Ella conocía esa sensación descrita y vivida por otras mujeres. Me infundió ánimo, y me acompañó en ese dolor previo al expulsivo. Me sentí una con todas las mujeres que han parido alguna vez. Me sentí poderosa y conectada con algo de mi interior que no sabía que estaba allí. Una fuerza especial. Cuando lo único que sentía, era fuego en el periné, ella aplico dulcemente unas gasas calientes en mi periné y limpió los restos de heces que para mí era lo más insufrible.

Sentí dolor, al final de la dilatación. Jamás sufrí. Al mismo tiempo me llenaba de gozo poder Ya asoma su cabecita decían., mientras yo me abandonaba a sentir a mí bebé en cada contracción. No quería que me sujetaran en los pujos, necesitaba estar libre y hacer fuerza yo, sintiendo mis pies sobre el suelo, conectada con la tierra.. Era mi deseo y se respetó.